En toda historia en dónde hay buenos es obvio que debe haber malos. En el caso de la Historia de México, en el capítulo de la Conquista, el indiscutible malvado del cuento es Hernán Cortes. Hijo único de un hidalgo extremeño, llamado Martín Cortés y de Catalina Pizarro Altamirano. Por vía materna era primo segundo de Francisco Pizarro, quien posteriormente conquistó el imperio inca (no confundir con otro Francisco Pizarro, quien se unió a Cortés en la conquista de los aztecas).
La historia es por demás compleja y apasionante su lectura, sin embargo durante siglos se ha enseñado en México que debemos odiar a los conquistadores españoles (entre líneas, no abiertamente) y por ende, queda el resentimiento a los españoles actuales. Aun hay muchas personas que culpan de sus calamidades a España, ya que piensan que hubiera sido mejor que los ingleses nos hubieran descubierto. Grave error por cierto, ya que la encomienda de los anglos al menos en América fue la de erradicar a la población local hasta casi su total exterminio.
Pero volviendo a Cortes, en la actualidad no existe en México monumento alguno que venere la memoria del “Conquistador”, sin embargo, aun guardamos respeto por el árbol en dónde la historia mitifica que lloro al salir huyendo después de tremenda derrota. Claro que fue sólo la derrota de una batalla, pero no de la guerra.
La verdadera razón de su victoria se debe a que los pueblos sometidos por los aztecas ya estaban cansados de los abusos y de los pagos de tributos excesivos. Y se unieron a una causa que al parecer los liberaría de esta esclavitud, pero cuando los hubieron vencido, se sometieron a otro esclavista por 300 años más, y así con la cruz en una mano y la espada en la otra, los españoles se convirtieron en los nuevos amos.
(Aun ahora al pueblo mexicano se le define como el pueblo “Azteca” y dejenme decirle que la mayoría de los mexicanos tenemos de azteca, lo que los japoneses tienen de chinos.)
Y aun hay mas, Hernán Cortes tiene algunos asuntos pendientes con la Historia. Según nos cuentan, Cortés consintió la tortura de Cuauhtémoc y del cacique de Tacuba, ya que los soldados estaban sedientos de oro, y creían que éste tenía que saber dónde se encontraba. Ambos fueron ahorcados en el año 1525 en la funesta expedición a Las Hibueras, por sospechas de traición. Y además, la extraña muerte de su esposa, Catalina Juárez, también ha reforzado su mala reputación
Una historia que intenta hacer gracia de la desventura de Cuauhtémoc dice así.
El día que estaban quemándole los pies al Emperador Azteca preguntándole la ubicación del tesoro, el único español que sabía algo del idioma indígena le preguntaba:
-Dice mi Señor que le digas en dónde escondes el tesoro, ya que de no hacerlo te vamos a quemar los pies hasta que confieses.
- Esta bien, se lo diré – dijo Cuauhtémoc – Está escondido en la pirámide que se encuentra cerca de aquí, detrás de la estatua en honor a nuestro dios Quetzalcóatl. ¡Ahí está!
Cortes le pregunta a su soldado -¿Que fue lo que dijo?
Y el soldado responde – Dice que nunca te va decir el lugar secreto, que prefiere morir antes que dártelo.
Y dicen que este español, tiempo después, fundó el Banco de México.
Fin.
Hernán Cortés murió en el viernes 2 de diciembre del año 1547 en Castilleja de la Cuesta, tratando de volver a sus posesiones americanas
No existe en la historia ni buenos muy buenos, ni malos muy malos, simplemente fueron hombres con pasiones, motivados por intereses particulares.
(Por cierto: ¿Cortes es con “S” o con “Z”?)
Francisco Hernández
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